lunes, 11 de enero de 2021

La mujer y el lenguaje I

Hace unos sesenta años ciertos investigadores osados se  dedicaron a fisgar, en nombre de la ciencia, durante semanas o meses, en las conversaciones de hombres y mujeres que, ajenos al interés despertado, hablaban de sus cosas en calles y lugares públicos de Londres, Nueva York y Columbus (Ohío). Después de escuchar cientos de conversaciones fragmentarias, de ver cientos de escenas de porno subtitulado español y anotar el tema, el sexo de los hablantes y, a veces, la clase social aparente, tabularon y estudiaron los datos reunidos y los publicaron en revistas de Psicología. Sabemos así que entonces los varones, ingleses y americanos hablaban entre sí de dinero y negocios, y también (pero menos) de deportes; luego, de otros nombres. Las mujeres, si iban solas, hablaban, en Inglaterra, de otras mujeres; en segundo lugar, de sí mismas; en América, en cambio, primero de hombres, luego de vestidos y decoración, y en tercer lugar de otras mujeres. Cambiaba, naturalmente, el asunto de la conversación cuando estaba presente una persona del otro sexo. Medio siglo después la sociolingüística (Thorne y Henley , 1975; Philip M. Smith, 1985) aprovecha estos datos y no cree necesario actualizarlos ni cuestionarlos.



 En un experimento de Swacker (1975) se somete a treinta y cuatro jóvenes de uno y otro sexo a un mismo estímulo la contemplación de tres dibujos poco conocidos de Durero, ricos en detalle- para que, sin limitación de tiempo, describan oralmente cuanto ven, sin omitir nada. El experimento se realiza con todas las garantías de un test riguroso, con promedios y desviaciones calculados para cada variable. Resultado: la locuacidad media cronometrada en las diecisiete mujeres para describir los tres dibujos no llego a cuatro minutos; en cambio, el promedio alcanzado por los hombres pasó de los trece minutos.

 Otras pruebas experimentales, aprovechando el magnetófono para grabar conversaciones mixtas, parecen demostrar que los hombres - y ello significa un rudo golpe para la llamada galantería masculina- son los que más interrumpen a sus interlocutores y los que más se irritan cuando son interrumpidos (rara vez por mujeres).

 Aceptables o no estos resultados, son índice de los rumbos que, al parecer, está tomando hoy la indagación practicada por los grupos feministas para explicar las divergencias idiomáticas atribuidas a hombres y mujeres. Lo que, como hemos sañalado ya, era en 1922 recopilación de datos dispersos -Jespersen- para demostrar que en ciertas sociedades existe un «lenguaje de mujeres» es hoy búsqueda del sedimento que un hecho social -e l trato recibido por la mujer- ha dejado en el comportamiento lingüístico actual. Ya no se comenta la anécdota de una lengua minoritaria del Caribe o de tales o cuáles grupos amerindios estudiados por los etnólogos en culturas residuales. Ahora, las feministas más beligerantes buscan y encuentran en la lengua harto testimonio de la secular opresión de que se sienten víctimas en una sociedad regida por varones. Y no han errado la puntería al dirigir sus armas al lenguaje, pues éste, a primera vista, les brinda piezas abundantes para montar buenos argumentos acúsatenos. Las dos lenguas germánicas principales, el inglés y el alemán, en las que se expresan las dinámicas militantes del movimiento de la mujer, ofrecen incontables pruebas del proceso de envilecimiento verbal experimentado por tantas palabras usadas para designar, ya sea en sentido recto, ya metafóricamente, a las representantes del sexo femenino y su entorno. Las que han tenido paciencia para ello han conseguido reunir en inglés cientos de nombres y adjetivos denigrantes, si no en la lengua usual, sí rebuscando entre los estratos menos conspicuos de la lengua del hampa. Por lo regular se trata de voces desprovistas inicialmente de todo carácter reprobatorio, y de ahí el componente degenerativo del proceso. Palabras como madre en gran parte de la América hispanohablante, cuyo equivalente inglés, mother (¿ecos de la Celestina?) cobra en el siglo XVII el significado de «alcahueta», no se libran de ser mancilladas; Dime, en alemán, aparece en las primeras traducciones de los Evangelios para designar a María. Y aunque ya no cabe hablar de tabúes en ciertas áreas de la sociedad, todavía se resisten amplios sectores de habla francesa a usar filie o femme sin las oportunas reservas, aunque las dos eran originariamente inocentes en toda la Romanía.



 No sería tarea grata inventariar en" una lengua todos los vituperios proferidos contra un grupo humano que, curiosamente, es mayorifario en casi todas ellas, pero se podría reunir, si fuera necesario, una desoladora colección de epítetos difamatorios de origen vario que atestiguan no sólo malevolencia masculina, si fueron aplicados primero por el varón, sino también insolidaridad femenina, pues las mujeres no se abstienen de usarlos contra sus «hermanas». Muriel R. Schulz afirma haber «localizado» -és a es su expresión- unas mil palabras y expresiones, entre repertorios ajenos y colecta propia, de este jaez. Aunque la cifra puede parecer exagerada, la diligencia lexicográfica anglosajona invita a aceptarla como posible, ya que Schultz no precisa cuáles son los límites del territorio léxico explorado